18 de enero de 2022

¿Te anestesias o vuelas?

A mi entender hay dos formas de dar clase de habilidades comunicativas. Una es dando una serie de recomendaciones, puntos teóricos, tips… de forma que quien enseña sea un ser que habla y quienes deben de aprender sean una masa en actitud pasiva. Hay otro camino que es haciéndolo práctico, no solo participativo, que el alumno aprenda y aprehenda, que deje de ser un elemento pasivo y escondido en la masa para experimentar. En este segundo caso, el aula se convierte en una especie de laboratorio, en un lugar de ensayo donde se realizan pruebas; en el espacio de aprendizaje donde se juega a la vida real, se cometen errores y se aprende de ellos.

La primera forma es muy políticamente correcta, quien enseña cumple su papel y quien debe aprender siente una especie de alivio porque ha hecho lo que debía. El segundo camino requiere que todos nos mojemos, que seamos partícipes del aprendizaje, que cambiemos creencias, actitudes, formas… y esto a veces duele. Y como duele, lo evitamos.

Aprender comunicación, de la misma forma que aprender cualquier otra habilidad humana (entendiendo como humana que necesita de nuestro cuerpo y alma), debe de doler porque para poder entender y llegar al corazón y mente del Otro, debemos mirarnos primero nosotros mismos. Porque en la mayoría de casos, debemos revisarnos. Y esto, puede que duela.  

Supongo que, a estas alturas de post y si si no habéis probado una de mis sesiones formativas, ya sabréis que yo opto por el segundo camino. El caso es que últimamente me están acusando de ser más floja que antes en mis clases, que estoy pecando de blanda. El caso también es que yo noto que últimamente, estamos mucho más susceptibles, que hay que ser muy políticamente correctos porque si profundizamos mucho, nos duele de una forma desmesurada.

Sentimos dolor hasta sin profundizar, sin que nos duela todavía.

Byung-Chul Han dice que vivimos en la sociedad paliativa. Este filósofo defiende que en la sociedad impera una fobia al dolor que trata de eliminar a toda costa, incluso allí donde es constituyente de la existencia humana como en el amor, la política, el arte y la psicología.

Una alumna de mis clases de teatro para Educación Primaria me preguntaba que porqué en la vida real las cosas y las personas no son tan guapas como en Instagram… da rabia ¿verdad?-dice.

Todo tiene que ser guai, chulo, cool, súper positivo. Y si no lo es, porque en la vida normal las cosas nunca son tan súper todo el tiempo; lo evitamos.

Este virus creo que es el mejor para los tiempos que corren, nos encanta tener contactos pero no profundizar mucho en las relaciones. Nos encanta tener títulos pero que no nos modifiquen mucho muestra idea previa del mundo y de nosotros mismos.

Parece que todo el mundo hoy en día sabe danza por lo que se aprecia en los vídeos que se suben a redes sociales ¿de verdad somos bailarines o solo aprendemos unos pasos y nos mostramos a través de la cámara del móvil?

Me parece una metáfora de lo que puede que esté ocurriendo. Queremos bailar como los más grandes pero el recorrido es largo, implica esforzarnos y nos da pereza. Queremos mostrarnos sin recorrer todo el camino.

Huir del dolor, de lo negativo junto con la pereza que impera, nos hace coger atajos que nos puede ayudar a llegar a algún lugar, a grabar un video para redes sociales por ejemplo; pero solo nos quedamos en copias de coreografías que otros han creado, no somos nosotros; no somos auténticos.

Siguiendo a Han, no hay felicidad sin dolor, el dolor se sostiene en la felicidad. Si se ataja el dolor, la felicidad se trivializa en confort apático. Lo necesitamos para una felicidad profunda. La vida es un juego de opuestos, somos felices de alguna manera, porque una vez no lo fuimos.

Si nos empeñamos en negar la negatividad ¿cómo vamos a cambiar? No queremos sufrir, nos negamos a aceptar y en lugar de enfrentarnos, lo tapamos con atajos. La búsqueda de soluciones profundas es dolorosa. Lo contrario son meros analgésicos.

Las píldoras formativas o el que nos convirtamos en especialistas solo leyendo un par de libros de la materia que sea, va en consonancia con los tiempos que corren de no profundizar en nada. Este no profundizar más la necesidad de tener que ser siempre súper guais y súper wow, termina anestesiándolo todo. No hay conflicto y sin conflicto no hay historia. Estamos estancados, no evolucionamos. No aprendamos de verdad.

Anhelo tanto hacer cosas hermosas. Pero las cosas bellas requieren esfuerzo, decepción y perseverancia, dijo Vincent van Gogh.

Aprender habilidades comunicativas es en realidad aprender un arte. Ni el formador ni el alumno deberían de ser complacientes. El arte nunca es indoloro.

Por no hablar de la variable Tiempo. Huimos del dolor pero vivimos sobrecargados y además, hacemos alarde de esto; nos gusta, parece ser, estar saturados y nunca tener tiempo para nada; ni siquiera para vivir. No tenemos vida y nos encanta, aunque somos conscientes de que no tenemos vida. Así que, en esta sociedad anestesiada, necesitamos estimulantes cada vez más enérgicos para sentirnos vivos. Cuanto más extraña y cool sea la experiencia, mejor. Bueno, y corta; porque no tenemos mucho tiempo.

No se puede vivir ni amar sin dolor. No existe posibilidad de una relación profunda, si se rechaza de plano la posibilidad de sufrir. Por eso se busca llevar las emociones a una zona paliativa y controlada. Pero así, las personas nos convertimos en objetos.

La pretensión de un mundo anestesiado conduce al infierno de lo igual. ¿Cómo se conjuga esto con la exigencia de tener que diferenciarnos de los demás? Si cada vez somos más iguales, más productos estandarizados.

Quizás nos frustra el hecho de que en esta sociedad digital y anestesiada, comunicarse con el resto de humanos sigue siendo una cuestión analógica… y duele.

Pero no es dolor, se llama sentir. Y la frustración viene porque no somos máquinas, somos mucho más complejos.

Tenemos que exponer un trabajo, examen, charla, presentación de proyecto, discurso, reunión con superiores, entrevista de trabajo… y, antes de enfrentarnos con las personas, ya sentimos nervios que, por supuesto, queremos eliminar; y hay cientos de artículos diciéndonos que es posible eliminar el miedo.

NO ES VERDAD.

Quizás en una sociedad distópica – tan de moda – se invente el remedio para no sentir nada y así, ¿ser más felices?

No me cansaré de explicar en mis clases que los nervios son aliados, que ese torrente de hormonas que se despliegan en nuestro organismo cuando sentimos miedo y ante el cual, solo podemos, como dicen en inglés: FIGHT, FLY o FREEZE; es decir, dar respuestas que pertenece a nuestro cerebro más primitivo; pero que las podemos convertir en ENERGÍA Y PASIÓN.

Se trata de centrarnos más en nuestra actitud y en nuestra autenticidad. Tenemos miedo al vacío y el miedo nos hace apropiarnos de fórmulas manidas, frases hechas, posturas de otros como las coreografías de Tik Tok. Si lo que queremos es que nuestras palabras traspasen y lleguen a los demás, hay que mojarse y ser capaces de enamorar. Y para esto hay que sentir segundo, porque lo primero es mirarse hacia dentro y ser conscientes de donde proviene mi autenticidad.

Y lo mejor de todo es que no es tan difícil y, además, merece la pena.

Me gusta pensar que lo que yo enseño es a volar porque desde el momento en el que sabemos qué hacer con esos nervios, con el miedo; nos sentimos libres y disfrutamos.

Hay una frase de la escritora Maya Angelou muy utilizada pero que a mí me parece muy hermosa y es que la gente olvidará lo que dijiste, olvidará lo que hiciste, pero nunca olvidará cómo la hiciste sentir.

Para hacer sentir tenemos que atrevernos a que toda nuestra energía la convirtamos en pasión, en algo que nos mueva y que por tanto, sea capaz de mover a los demás.

Atrevernos a ser nosotros mismos… y esto a veces duele pero os aseguro que duele mucha más una garganta presa de los nervios…

Yo sé por qué canta el pájaro enjaulado, de Maya Angelou.


«El pájaro salta libre
sobre el dorso de la victoria
y flota río abajo
hasta donde termina la corriente
y sumerge sus alas
en los rayos de sol de color naranja
y osa reclamar el cielo.

Sin embargo, un pájaro que atisba
bajo su estrecha jaula
rara vez puede ver a través de
sus barrotes de furia
sus alas se recortan y
sus patas están atadas
lo que abre su garganta al canto.

El pájaro enjaulado canta
con trino de miedo
por las cosas desconocidas
pero aún con anhelo
y se escucha su melodía
en el lejano castro el pájaro enjaulado
canta a la libertad.

El pájaro libre piensa en otra brisa
en un intercambio de suaves vientos a través de árboles
suspirando
y los gusanos de grasa en el césped esperando por un amanecer brillante
y da nombre a su propio cielo.

Pero un pájaro enjaulado se halla en la tumba de los sueños
su sombra grita en un grito de pesadilla
sus alas se recortan y sus patas están atadas
lo que abre su garganta al canto.
El pájaro enjaulado canta
con un trino de miedo
por las cosas desconocidas
pero aún con anhelo
y su melodía se escucha
en la colina distante
el pájaro enjaulado
canta a la libertad.»

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comunicación, formación, hablar en público, ORATORIA 0 Replies to “¿Te anestesias o vuelas?”
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Natalia Bravo

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