13 de julio de 2021

Perfeccionismo y comunicación, una mala relación

No tengo fe en la perfección humana. El hombre es ahora más activo, no más feliz, ni más inteligente, de lo que fuera hace 6000 años. Edgar Allan Poe

Comenzaría este artículo con esa frase de la película Cisne Negro de que la única persona que se interpone en tu camino eres tú pero para hablar sobre la perfección prefiero hacer referencia a La Perfección (Perfection) una asombrosa película de Richard Shepard que define ‘a la perfección’ cómo esa búsqueda por ser perfectas puede resultar de lo más bizarra. No diré nada más porque prefiero que la veáis y/o que me contéis. Solo diré que una violonchelista prodigiosa y atormentada tras una mala racha vital viajará en busca de la nueva alumna estrella de su antigua escuela, la más prestigiosa academia musical de la historia. El encuentro entre ambas artistas tendrá consecuencias inimaginables tras una serie de rocambolescos vaivenes que terminan por situar la película en un ambiente infernal, absurdo e inesperado donde uno nunca irá por delante de la trama por mucho que piense lo contrario.

Y es que eso es lo que pienso yo de querer ser perfectos, que uno cree que es hacia dónde se deben encaminar nuestros pasos pero ese camino puede resultar de lo más absurdo.

Ser perfectas porque eso es lo que se espera de nosotras, dicen en la película; si no, habrá castigo… no cuento más.

Durante mis más de veinte años como formadora he impartido numerosos talleres de búsqueda de empleo y cómo afrontar entrevistas de trabajo. Cuando preparas las posibles preguntas que un entrevistador puede hacerte para conseguir el puesto de trabajo en cuestión, siempre surge esa de ‘dime tres virtudes que tengas’. Ante esta pregunta, la mayoría contesta que entre sus virtudes está el ‘ser demasiado perfeccionista’.

Yo siempre pregunto ‘¿en serio?’. ¿Todos sois perfeccionistas? ¿Es una virtud? Aunque mis verdaderas preguntas son ¿Se trata de aprender o de ser perfecto? ¿Esto no va de tener objetivos e ir consiguiéndolos? ¿Existe la perfección?

Yo afirmo: NO EXISTE LA PERFECCIÓN. ES UNA ILUSIÓN.

Por desgracia, muchas veces aprendemos que si no hacemos las cosas perfectas, tenemos la máxima nota en nuestros exámenes y, a ser posible, somos los mejores de la clase; nunca será suficiente para nuestros seres queridos. ¿No sería mejor que aprendiéramos a mejorar, a ser nuestra mejor versión de lo que somos capaces y en la medida de lo posible intentar?

Creo que todos tenemos algo que ofrecer al mundo. ¿Y si lo trabajamos? Quizás así no seríamos perfectos, pero sí felices.

En general, la mayoría de las personas podemos aceptar “cierto grado de perfeccionismo”. En la sociedad actual, que tanta competitividad genera, el perfeccionismo es considerado una especie de defecto/virtud. Nos resulta difícil criticar a quien invierte un gran esfuerzo por hacer las cosas lo mejor posible. Sin embargo, cuando se trasforma en una obsesión, el perfeccionismo lejos de ayudarnos a alcanzar las metas y crecer en satisfacción, confianza y seguridad, constituye un obstáculo y una fuente constante de amenaza, miedos, dudas e infelicidad.

Las personas que creen que tienen que ser perfectas, tienen baja tolerancia a la frustración de forma que nunca llegan a querer aprender; se paralizan; cuando lo que deberíamos aprender es a actuar y a enfrentarnos a nuestros sueños y miedos por igual.

Es cierto que algunos aspectos de esta característica pueden ser beneficiosos en el mundo laboral. Las personas perfeccionistas se esfuerzan por producir un trabajo impecable (que casi nunca consiguen) y tienen niveles más altos de motivación y de conciencia sobre la necesidad de terminar sus labores. El problema es que los resultados que obtienen nunca son lo suficientemente buenos para ellos y acabar sus tareas diarias se convierte en un suplicio interminable. Los plazos de entrega son sus enemigos: poco les produce más ansiedad que tener que presentar un proyecto que nunca consideran terminado.

Un metanálisis de 95 estudios realizados entre la década de 1980 y la actualidad Is perfect good? A meta-analysis of perfectionism in the workplace deja claro que el perfeccionismo es una debilidad mayor de lo que nos imaginamos. Los perfeccionistas establecen estándares inflexibles y excesivamente altos, evalúan su comportamiento de forma demasiado crítica y tienen una mentalidad de todo o nada sobre su desempeño. O está perfecto o está impresentable.

La palabra perfección deriva del latín “perfectio”, que puede traducirse como “la acción de dejar algo acabado” y está compuesta por tres partes diferenciadas:
-El prefijo “per”, que es equivalente a “por completo”.
-El verbo “facere”, que es sinónimo de “hacer”.
-El sufijo “-ción”, que se usa para indicar “acción y efecto”.

Perfección es un concepto que se refiere a la condición de aquello que es perfecto. Lo perfecto, por su parte, es lo que no tiene errores, se trata de algo que alcanzó el máximo nivel posible.

La idea de perfección varía de acuerdo a la concepción filosófica. Así, por ejemplo para los católicos, lo único perfecto sería Dios. En este sentido, alcanzar la perfección es imposible para el ser humano. Alcanzar la perfección es posible cuando algo se desarrolla tal cual estaba previsto, es decir, es un objetivo cumplido. La perfección es subjetiva, debemos considerar que el valor de la perfección es siempre el resultado de una comparación subjetiva. Alguien puede considerar que cierta pintura refleja a la perfección aquello que pretende transmitir, mientras que otra persona puede pensar algo diferente.

La noción de perfección implícitamente conlleva la búsqueda de ideales inalcanzables. Manejar esta noción de un modo saludable requiere la habilidad de identificar y determinar cuándo algo está suficientemente bien.

El perfeccionista o la perfeccionista se mantiene en alerta, “no se deja pasar ni una” no sea que vaya a cometer un error evitable, así, revisa, amplia información, chequea posibilidades y se pierde entre tantos intentos de controlar al máximo las variables que podrían amenazar el mejor de los resultados. Y es aquí, a modo de profecía autocumplida, donde aumenta la probabilidad de cometer errores… es paradójico ¿verdad?

¿Se puede hacer frente al perfeccionismo? ¡Claro! Valorar correctamente el resultado de un trabajo realizado, supone, o bien introducir cierto grado de aceptación de lo imperfecto, o bien ser capaces de establecer un estándar alcanzable. Esta habilidad para aceptar cierto grado de imperfección es lo que se llama tolerancia a la frustración, que consiste en hallar satisfacción y reconocimiento en logros que no son “perfectos” pero que han supuesto un esfuerzo y avances en la dirección correcta. Es la clave en la motivación positiva y está en la base de lo que llamamos “fuerza de voluntad”, ya que supone afrontar el esfuerzo aceptando y valorando el resultado del mismo, esto genera la autoestima suficiente para seguir esforzándose, mejorando y avanzando.

En resumen, el perfeccionismo es considerado como una tendencia a establecer estándares excesivamente altos de desempeño en combinación con una evaluación posterior excesivamente crítica y una creciente preocupación por cometer errores, rasgos que se expresan con baja tolerancia a la frustración. Además, hay que tener en cuenta hacia donde se dirige: puede estar orientado hacia uno mismo, centrado en las capacidades de los demás (orientado hacia los otros) o el llamado perfeccionismo social, que supone ser aceptados únicamente si se cumplen con los estándares irrealistas impuestos por los demás.

Este perfeccionismo ‘socialmente prescrito’ se vincula con la ansiedad interpersonal. Quien convive con él, asume altos estándares por la creencia de que es lo que otras personas esperan de él. Supone la percepción errónea de las expectativas de los demás y obediencia ante las mismas.

Piensa por un momento si cumples con alguna de estas manifestaciones habituales del perfeccionismo:

  • Improductividad.
  • Posponer o retrasar una y otra vez el inicio de una tarea.
  • Meticulosidad extrema y obsesión por los detalles.
  • Miedo a cometer errores.
  • Desmotivación ante las dificultades o pequeños fracasos.
  • Sentimientos de fracaso.
  • Autocrítica e insatisfacción constante ante tus logros.
  • Condicionar tu autovalía personal a los resultados obtenidos.
  • Exceso de comparación con las demás personas.

¿Eres consciente de cómo usas el lenguaje?

  • Utilizas el “deberías” en tu auto-dialogo. Esto puede ser un indicador de creencias irracionales, exigencias absolutistas y rígidas que de no cumplirse potencian reacciones emocionales sobredimensionadas. Transfórmalas en preferencias flexibles: Preferiría que… Me gustaría que…
  • Piensas en términos dicotómicos del tipo todo o nada, bueno o malo, perfecto o imperfecto. Que sepas que el tono medio también existe. El que no sea perfecto no significa en ningún caso que sea malo, feo o no tenga valor.
  • Caes en las trampas de la sobregeneralización: tengo que ser él o la mejor. ¿Te atreves a desafiar esta exigencia?
  • Cuenta las veces que usas palabras negativas para referirte a ti o a los demás. Enfócate en lo positivo, sustitúyelas por palabras positivas.

Como siempre, el primer paso es reconocerlo, ser conscientes…

Una de las tendencias que más me preocupan es que uno de los comportamientos que diferencian a los jóvenes actuales de sus mayores es su obsesión con el perfeccionismo.

Existen estudios que muestra que desde la década de los 90, los niveles de perfeccionismo han aumentado de forma notable entre los jóvenes. Puede ser un síntoma de que los jóvenes tratan de obtener seguridad, de conectar con otros y de encontrar su autoestima en esta sociedad basada en la competencia y el mercado. Los perfeccionistas necesitan oír que han conseguido los mejores resultados posibles. Cuando no obtienen la aprobación por parte de sus interlocutores, sufren porque relacionan errores y fracasos con debilidades y falta de merecimiento

La idea de aspirar a la perfección, aunque sea irracional, se ha convertido en algo deseable, incluso necesario, en un mundo en el que el comportamiento, el estatus y la imagen determinan la utilidad y el valor de la persona. Se esfuerzan en utilizar las redes sociales como plataforma de intercambio de las versiones más perfectas de ellos mismos y de un estilo de vida ideal.

Se prevé que los jóvenes actuales serán, en la edad adulta, menos solventes materialmente que sus padres. Pero el bienestar material no es lo único que está en juego. El bienestar físico y mental de la juventud está amenazado por la ‘epidemia’ invisible del perfeccionismo.

Una persona perfeccionista es aquella que en todo momento está sufriendo y fomenta su inseguridad, ya que quiere llegar a una perfección tal que, o cree que la consigue o no dará por terminada la acción que realiza. El perfeccionismo está muy relacionado con una falta de confianza y seguridad; suele dar lugar a comportamientos demasiados rígidos o controladores.

Hoy los jóvenes sienten una enorme presión para demostrar lo que valen y destacar sobre el resto. Si este modelo de sociedad y el fomento de la ilusión óptica del perfeccionismo, genera sufrimiento; quizás sea mejor enseñar la importancia de otros valores como la cooperación o la compasión frente a la competencia.

¿Qué hábitos podemos fomentar para luchar contra el perfeccionismo?

  1. En primer lugar, repasa este artículo y relee el apartado en el que digo que es importante cómo utilizas el lenguaje tanto para referirte a ti, como a los demás. El lenguaje es la representación de cómo pensamos, cambiar el lenguaje es un gran paso.
  2. Organiza y planifica tus metas en sub-metas o pasos porque te darás cuenta de que sí consigues logros y aumentará tu percepción de autoeficacia y satisfacción. Sé más flexible.
  3. Incrementa tu tolerancia a la frustración: es una capacidad necesaria del proceso positivo de aprendizaje. Los errores son parte natural del crecimiento y aprendizaje en la vida, nos dan la oportunidad de rectificar y mejorar.
  4. Identifica tus estándares perfeccionistas y transfórmalos en metas alcanzables, secuenciables y flexibles.
  5. Pon en marcha conductas de aproximación en lugar de tender a la evitación. Céntrate en lo que te gustaría conseguir, persigue tus sueños y metas, no te muevas sólo por lo que temes y pretendes evitar. Pasa a la acción!
  6. Asume el riego de equivocarte: errar es de humanos.
  7. Separa las críticas objetivas de tu valoración como persona. No eres lo que haces, y sobre todo lo que haces no es un foto fija, es una película donde las cosas van cambiando, tú las vas cambiando.

Te preguntarás ¿Y qué tiene esto que ver con la comunicación?

Al hablar en público o expresarte delante de los demás ¿sudas en exceso, sientes como se te remueve el estómago, te tiemblan las manos, la pierna, te pones colorado/a, te falta la respiración, la voz tiembla, tienes miedo a quedarte en blanco o a que no te salgan las palabras, evitas tener que exponerte, aunque esto suponga un problema o estés perdiendo oportunidades por el hecho de no hacerlo?

Si te pasa algo de lo anterior, entonces tienes un poco de miedo a expresarte delante de los demás. La habilidad para hablar en público no es algo que se hereda, es una competencia que se aprende a lo largo de la vida y que mejora con la práctica. Sin embargo, muchas personas no han logrado desarrollar esta habilidad y tienen dificultades en el momento de dar una charla, presentar un examen oral, hacer una entrevista de trabajo o simplemente cuando necesitan expresar su desacuerdo delante de un grupo en el que no se sienten cómodos.

Estas dificultades se pueden deber a, por ejemplo, una educación sobreprotectora (padres demasiado protectores que suelen terminar limitando las potencialidades de su hijo, ya que no le brindan la posibilidad de poner a prueba y perfeccionar sus competencias comunicativas y cuando este niño crece, es probable que no se sienta cómodo en las situaciones sociales y termine desarrollando el miedo a hablar en público), experiencias negativas o desagradables del pasado, falta de práctica, timidez, miedo a la crítica y, por supuesto, a la tendencia al perfeccionismo.

Cuando una persona se exige demasiado suele caer en la trampa del inmovilismo, ya que piensa que cualquier cosa que haga no estará a la altura de las circunstancias. El miedo a equivocarse genera tal ansiedad que le resulta difícil hablar en público de manera relajada y eso les hace cometer las equivocaciones que tanto temía. Son personas con un alto grado de exigencia que es especialmente notable cuando se tienen que exponer ante los demás.

Aquí juega un papel importante el bajo nivel de autoestima. Es probable que este tipo de situaciones resulten especialmente difíciles para personas con un bajo concepto de sí mismas. Quizá personas que han formado desde la infancia ciertas creencias sobre sí mismas que tienen que ver con su baja valía o con la poca importancia de lo que pueda aportar.

Suelo tener entre mis alumnos/as de todas la edades, pero sobre todo a jóvenes que no se atreven; no ya a hablar en público, sino a expresarse, a preguntar… en definitiva, a relacionarse. En esta pandemia que estamos viviendo, podría aventurarme y asegurar que se ha extendido la otra pandemia del retraimiento y autoaislamiento en muchos jóvenes. Y suelo tener entre mi alumnado, personas que evitan el exponerse a los demás, aun sabiendo que esta actitud no es la idónea, les perjudica; y no solo en el plano laboral.

Para mí, trabajar la expresión es clave para no llegar a estos extremos. Trabajar la expresividad es muy importante a la hora de definir nuestro autoconcepto, nos ayuda a tener libertad para expresarnos en público, mostrarnos ante los demás tal y como somos, soltar los lastres de la excesiva timidez. Mostrar nuestro cuerpo, nuestro rostro, nuestra voz y nuestras palabras nos abren la puerta a desarrollar un autoconcepto más definido, más complejo y completo y ganar en seguridad personal y autoconfianza.

En los niños pequeños es importante potenciar la expresividad a través de todos los canales: cuerpo, gesto, voz y palabra para sentar unas buenas bases. Siempre adaptándose al niño, si al niño no le gustan los deportes como el fútbol, puede que le guste bailar o las artes marciales, si hay oportunidad de permitirle expresarse sin avergonzarle o corregirle debemos aprovecharlo.

De adultos hay muchas cosas que podemos hacer para potenciar nuestra capacidad expresiva y mostrarnos genuinos. Actividades artísticas como bailar, cantar, hacer teatro… o actividades más guiadas y orientadas a nuestras dificultades concretas pueden ser de gran ayuda.

Uno de los puntos claves de mi metodología en formación es la utilización del juego en todas sus vertientes (juegos propiamente dichos, dinámicas, actividades en grupo… ) porque a través del juego vemos el error como una herramienta, un aliado. Considero que el error no es un tabú, es fundamental para el aprendizaje porque se puede “enseñar” que existen algunas acciones o situaciones impredecibles, ante las cuales nadie está exento de que ocurran. Cuántas veces se hace del error una fuente de angustia, de estrés y hasta de violencia. Muchos de nosotros hemos vivido esa situación de que se nos pregunte en clase y con el simple tono de voz utilizado, se nos olvida la respuesta, posiblemente por el temor a cometer errores. Por no hablar de esa contienda permanente, dela que ya he hablado, que pretende que siempre seamos el número uno, el que mejor; reflejo de un mundo ideal, perfecto en el que no se consiente la idea de caer en el error. En muchos de mis alumnos adultos y profesionales que mentorizo, percibo en su dificultad para exponerse delante de los demás, estos aromas de una educación basada en el bolígrafo rojo, en el no perdón del error.

Considero que es mucho mejor aprender a ser conscientes y para esto hay que pasar a la acción, a la prueba-error; lanzarse para después examinanar los errores mediante la autocrítica y la crítica racional, como apuntaba ya Sócrates.

A través del juego el ambiente en el aula no es amenazador, se crea un clima positivo sin ningún tipo de sumergimiento en el fallo; alejándonos de esa cultura que castiga por haberlo cometido. Se trata de brindar la oportunidad a quien aprende para que pueda participar y expresarse con libertad. Solo así se pueden desarrollar capacidades como la comunicación.

La Expresión es el paso previo a la Comunicación, es necesaria la primera para que la segunda se desarrolle por completo. Para esta parte previa a la comunicación, siempre utilizo el juego dramático, el teatro (también la música, la expresión corporal…) porque el carácter lúdico y efímero del hecho teatral nos hace ver el error como acierto; negamos el fracaso. Yo solo soy una orientadora, una acompañante en est eproceso de crecimiento. La competitividad desaparece en la medida en que no está en juego el futuro profesional. Intento que mis sesiones sean un laboratorio, una sala de ensayos donde todo vale. Después viene la representación, la vida real; aquí no hay que ser perfectos; sino ofrecer lo mejor que puedes en ese momento.

¿Qué debemos ir trabajando desde ya?

¡Por supuesto! Trabajar el perfeccionismo. Nadie posee la perfección, y creer lo contrario lleva a la frustración y el desánimo.

Trabajar nuestra autoestima. Entender que nuestro valor como personas está en el propio hecho de ser personas. Ser conscientes de nuestras limitaciones y fragilidades, tanto como valorar nuestras cualidades y fortalezas. Siempre aconsejo realizar una especie de DAFO personal. Normalmente nos damos cuenta de que tenemos debilidades pero también muchas fortalezas. A partir de aquí, a potenciar las fortalezas!

Perder el miedo a comentarios negativos y críticas. ¿Son tan graves las consecuencias de que alguien piense mal de nosotros? Nosotros pensamos también mal de algún aspecto de otra persona. Todas y todos tenemos amigos, familiares, conocidos… de los que no nos gustan algunas o muchas cosas: expresiones, ideología, comportamientos…, pero los queremos, los valoramos y disfrutamos con ellos.

Desarrollar habilidades sociales como la asertividad. Habilidades como la asertividad, la capacidad para realizar o recibir críticas, son fundamentales para reducir y eliminar el miedo al qué dirán los demás.

Cuando nos sentimos con recursos personales para aceptar o manejar una opinión o un comentario negativo, ganamos seguridad, y reforzamos la autoconfianza, haciéndonos más fuertes frente a los factores externos a nosotras y nosotros.

En definitiva, ir adquiriendo habilidades sociales y comunicativas nos hace ser personas flexibles, seguras, empáticas… es decir, perfectos comunicadores 🙂

Seguro que estáis esperando tips para perder el miedo a expresar, hablar en público… no hay tips, no se puede decir ‘no tengas miedo’. Es normal que deseemos agradar, es normal no tener una completa seguridad…. Acéptalo, sé consciente de tus reacciones, perdónate… ¿Un consejo? JUEGA. Para comunicar de forma eficaz hay que ser natural y sentirse libre, solo así confían en nosotros.

Y aquí te dejo una reflexión sobre liderazgo y comunicación, qu eno es mía, es de Ortega y Gasset pero yo soy de las que piensan que hay que leer más Filosofía y menos superficialidades. Para equilibrar tanta intensidad, dejo también una canción de El Kanka…

Comunicar de forma eficaz te convierte en cierto modo en un líder. En «No ser hombre ejemplar» de su obra «El espectador», Ortega y Gasset reflexiona sobre el tema del liderazgo, al que define como «la excelencia, la superioridad de cierto individuo que produce en otros, automáticamente, una atracción, un impulso de adhesión, de secuacidad»

«Ha de parecerme forzosamente que cuando un hombre llega a ser ejemplar en algo alcanza lo más alto que al hombre le es permitido. Pero toda potencia del hombre trae consigo un vicio en que aquélla se desvirtúa y se falsifica. Frente a la auténtica ejemplaridad hay una ejemplaridad ficticia e inane.

Una y otra se diferencian, por lo pronto, en que el hombre verdaderamente ejemplar no se propone nunca serlo.

Obedeciendo a una profunda exigencia de su organismo, se entrega apasionadamente al ejercicio de una actividad -la caza o la guerra, el amor al prójimo o la ciencia, la religiosidad o el arte. En esta entrega inmediata, directa, espontánea a una labor consigue cierto grado de perfección, y entonces, sin que él se lo proponga, como una consecuencia imprevista, resulta ser ejemplar para otros hombres.

En el falso ejemplar la trayectoria espiritual es de dirección opuesta. Se propone directamente ser ejemplar; en qué y cómo es cuestión secundaria que luego procurará resolver. No le interesa labor alguna determinada; no siente en nada apetito de perfección. Lo que le atrae, lo que ambiciona es ese efecto social de la perfección -la ejemplaridad. No quiere ser gran cazador o guerrero, ni bueno, ni sabio, ni santo. No quiere, en rigor, ser nada en sí mismo. Quiere ser, para los demás, en los ojos ajenos, la norma y el modelo.

No advierte la contradicción que en este propósito hay. Porque la ejemplaridad es un resultado automático y como mecánico de alguna perfección, y ésta no se consigue si no existe un frenético amor y apasionada entrega a una labor determinada. Al proponerse, desde luego, aquélla, desvía su persona del entusiasmo ingenuo hacia toda actividad concreta y se queda con la mera forma de una realidad que sólo se realiza mediante algún contenido. De aquí otra diferencia radical entre ambas suertes de ejemplaridad. El buen ejemplar no puede serlo si no es fecundo, creador de algo. E mal ejemplar no crea nada positivo y valioso. No es verdaderamente hábil, ni sabio, ni siquiera bueno. El que se propone ser bueno a los ojos de los demás no lo es en verdad. Véase cómo el propósito de ser ejemplar es, en su esencia misma, una inmoralidad»

El mismo Ortega dijo que el verdadero tesoro del hombre es el tesoro de sus errores yes El Kanka en su canción De los errores se aprende:

Mira, si no quieres equivocarte no hagas no digas no te
Levantes y no lo intentes que si lo intentas puedes fallar
Por eso mira: si lo que no quieres es equivocarte quédate en el sofá
No salgas a la calle y ten cuidado con
Lo que pruebas porque te podría gustar
Ya sabes que el fracaso es para los valientes
Y la vida un accidente en el que te rompes todos los dientes
Yo no hago caso a los que me dicen detente,
A los que me dicen demente yo sigo subido en el parapente
Robándole la hora al reloj
Elijo la senda del error
Ay! Si pudiera volver a nacer
Allí donde fallé fallaría otra vez
Otra vez, otra vez…

… y escribió Jesús Lizano en su poema Las personas curvas:

¡Libérennos los dioses curvos de los dioses rectos!
El baño es curvo,
la verdad es curva,
yo no resisto las verdades rectas.
Vivir es curvo,
la poesía es curva,
el corazón es curvo.
A mí me gustan las personas curvas
y huyo, es la peste, de las personas rectas.

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comunicación, hablar en público 0 Replies to “Perfeccionismo y comunicación, una mala relación”
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Natalia Bravo

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