28 de septiembre de 2021

Benditos errores y equivocaciones

Los errores son algo humano y nadie está exento de cometerlos. Sin embargo, y aunque lo aceptemos, en ocasiones nos cuesta saber qué hacer ante un error y es que son muchas las variables que rodean este tipo de circunstancia, desde el orgullo o la vergüenza, pasando por los miedos, hasta la ira.

Gran parte de la importancia que tiene esto de cometer errores viene determinada por lo poco que nos gusta equivocarnos. Ya no sólo por lo que sentimos a nivel interno y personal, sino por la valoración que los demás hacen al respecto (o al menos creemos que realizan).

Parece ser que es determinante que seamos capaces de extraer un aprendizaje; flagelarse o machacarse no nos va a ayudar a solventar la situación. Aceptar es la palabra. Y precisamente aceptar, es algo más profundo que entender o comprender sin más, es llevarlo un paso más allá.

Psicólogos de la Universidad del Estado de Michigan, en Estados Unidos, demostraron que para aprender de nuestros errores ayuda tener la sensación mental de que podemos crecer, o la creencia de que la inteligencia es algo en lo que podemos trabajar y desarrollar.

Resulta que aquellos que piensan que la inteligencia no es algo fijo prestan más atención a sus errores y por ello aprenden más.

Esto es un tópico, pero siempre conviene repasar los errores cometidos por inventores y que han dado lugar a grandes descubrimientos como el microondas, el marcapasos, los Post-it… Si no fuera por un pequeño error cometido por Fleming, los últimos 90 años habrían sido muy diferentes.

Cuando Oscar Wilde escribió que «la experiencia es el nombre que todos le dan a sus errores» dio en el clavo con algo muy importante: estropear las cosas es una parte crucial del aprendizaje sobre nosotros mismos y nuestra vida. Falla en un examen importante y verás cómo lidias con la desilusión. Rompe accidentalmente un objeto súper preciado para un familiar y aprenderás si puedes manejarte en una conversación incómoda.

Cometer errores puede liberarnos para perseguir nuestras metas… Theodore Roosevelt dijo: «El único hombre que no comete errores es el hombre que nunca hace nada».Mientras que el miedo al fracaso puede a veces hacer que no probemos cosas nuevas, aceptar nuestros errores como parte de la vida puede tener el efecto contrario, liberándonos para perseguir nuestros objetivos sin limitaciones.

… y clarificar cuáles son nuestras prioridades.

En un discurso de graduación de la Universidad de Harvard, en 2008, JK Rowling describió cómo el sentir que había fracasado «a lo grande» a los veintitantos años —cuando su matrimonio se deshizo y vivía en la pobreza junto con su hija— la ayudó a tener éxito como escritora.

«Dejé de pretender ante mí misma que era otra cosa que lo que era, y empecé a dirigir toda mi energía a terminar el único trabajo que me importaba… Eso me liberó, porque mi mayor temor se había hecho realidad y yo aún estaba viva y todavía tenía una hija a la que adoraba, y tenía una vieja máquina de escribir y una gran idea».

¡Y lo que, equivocarnos, nos hace reír! Muchas de las comedias más populares están hechas en base a errores y malentendidos porque, cuando tomamos un poco de distancia, los errores pueden ser muy graciosos.

¿Sabes que, en el escenario, si tienen algo en común los artistas de este planeta, sea cual sea la modalidad y nivel que desarrollen; es que alguna vez han cometido algún error? Además, también es seguro que en un futuro seguirán cometiendo algún fallo, mayor o menor, más visible (audible) o menos, técnico o interpretativo, de afinación, de tiempo… ¿Y qué solución puede tener? Prepararse para ello.

Hay que ensayarlo, sí, ensayar el fallo para que no nos pille desprevenidos. Ensayamos mucho para que surja bien, algo lógico y normal; pero tenemos también que practicar qué haremos si cometemos un error imprevisto. Desconcierta más la respuesta ante el fallo que el fallo en sí mismo. Los segundos posteriores al fallo, donde la respuesta de nuestro cuerpo nos traiciona, suele ser automática: pequeña tensión muscular, desconcentración, pequeño lapsus de memoria, descoordinación momentánea… Pero insisto: esto no ocurren por el error si no por una mala respuesta ante este.

Algo fundamental que suele provocar el error y que este nos afecte negativamente es estar muy pendiente de no cometerlo. Por el contrario, si estamos pendientes de disfrutar (no de hacerlo bien), pendientes de la emoción que sentimos (no de nuestro cuerpo), si nos escuchamos (y no nos autoevaluamos); si estamos fluyendo con lo que hacemos, no solo disminuirá la probabilidad de que cometamos un error si no que si este se produce, no provocará un efecto dominó como el que antes señalaba.

¿Y qué debemos hacer? La mejor respuesta ante un error es no hacer nada, seguir (fluyendo) con la interpretación, la nota posterior, la siguiente frase del texto… igual que si no hubiésemos cometido un error. Pero esto debemos automatizarlo. Una buena medida es ensayar de principio a final y si cometemos un error no parar, seguir, si paramos cada vez que cometemos un error acostumbramos a nuestro cuerpo a que ha de detenerse y es lo que pretenderá hacer encima del escenario.

Tenemos entonces que cuidar también nuestros gestos en el momento del error, una mirada de preocupación, tragar saliva, fruncir el ceño, tensar músculos, etc. Son reacciones automáticas que debemos evitar. Y esto lo conseguiremos si lo hemos practicado con anterioridad.

No olvidemos algo fundamental, el objetivo es llegar a comunicar, a emocionar, a conectar.

Esto, claro está, requiere horas de vuelo, de entrenamiento. Salir de la zona de confort (por ejemplo no utilizando presentaciones como un «powerpoint»), y atreverse a cometer errores. Antes de enfrentarse al público y no caer en el pánico es crucial distraerse.

¿Sabes lo que paraliza? El miedo a que sepan quién eres… En el sentido más amplio del término: tus miserias también. Cuando no quieres impresionar a nadie tienes una seguridad aplastante.

Uno es verdaderamente libre cuando deja de sentir vergüenza de sí mismo.

Nietzsche

Una profesora de interpretación nos decía que hay tres miedos que acechan a los actores.Los actores cuando no estamos cobrando normalmente estamos pagando: entrenando, formándonos, acudiendo a talleres, seminarios, conferencias, leyendo… para seguir con el engranaje a punto.Estamos permanentemente luchando contra el miedo… ¿a quedar rezagados, a quedar oxidados?… a no dar la talla…Miedos que tarde o temprano, en algún momento, nos asaltan:

  1. Miedo al NO
  2. Miedo a olvidar el texto
  3. Miedo a no estar a la altura

Estoy segura de que estos miedos tan de actriz, también son comunes a todos y más si tienes que hacer una presentación en público. Lo bueno de esto es que hay soluciones para casi todo lo que asalta y socava sin contemplaciones nuestra confianza. Así que, aquí van otros tres puntos para poder trabajarlos, por si son de alguna ayuda a la hora de afrontar dichos miedos:

  1. Control de expectativas
  2. Concentración
  3. Acceso a tus emociones

El control de las expectativas. Es muy normal que haya cierta gente que al subirse por primera vez a un escenario, esté completamente relajada, sin tensiones.Y he visto también que, conforme les van exigiendo cada vez más, van perdiendo ese ‘don’. ¿Por qué su primera vez son capaces de asombrar con esa soltura?Muy fácil: no se han creado expectativas.

Cuando a uno le importa hasta la extenuación en lo que está involucrado, cuando el rechazo duele, cuando de las consecuencias de hacerlo bien o no dependen el tener continuidad o no, que te sigan llamando… como actriz debí de aprender que en cuestión de interpretar la anticipación de lo que siente/le sucede a tu personaje mata el sentido, el tempo y la estructura narrativa de la secuencia; así que, como intérprete, también aprendí que las expectativas te llenan de nervios, inseguridades, miedos que te vacían de tu verdad y credibilidad y te llenan de acartonamiento.

Cuando se sale al escenario, a hacer una presentación en público; es mejor centrarse en lo que se está haciendo en ese momento y no cargar la situación con todas las expectativas.

Concentración. Si te concentras te centras. Si te sintonizas te calmas, si te calmas te liberas, y si te liberas fluyes. La concentración es algo que se puede cultivar.

Hoy en día es mucha la gente que practica meditación, mindfulness… ¿Por qué no aplicar estas disciplinas a la comunicación? Es difícil llegar a una meditación profunda, requiere años de práctica si se busca que sea trascendental, pero hay métodos y técnicas sencillas: respiración, focalización… que ayudan mucho.

No debemos pasar por encima de esta cuestión, centrarnos en el momento de la verdad en lo que de verdad importa, marcará la diferencia. ¿Quieres que se te vea reaccionando abierto y presente o preocupado y con rictus crispado por cuestiones que no deben asaltarte justo aquí y ahora?

Michael Caine, en su libro ‘Actuando para el cine’ explicaba que uno de los trucos infalibles para lograr eliminar el nerviosismo, el temor a equivocarse, en definitiva los miedos que asaltan al intérprete es… preparación, preparación, preparación: estudia, haz análisis de texto, memoriza hasta que lo puedas recitar del derecho y del revés y, en cuestiones más prácticas para evitar nervios por cosas tan tontas como llegar tarde o perderse, planifica cómo llegar al lugar en que te han citado o ponte dos despertadores para levantarte si es preciso para no tener la mente ocupada en cosas que te descentran. El consejo del gran Michael, lo podemos aplicar a esto de la comunicación: hablar en público, entrevista de trabajo, presentación de proyecto, producto…

Acceso a tus emociones. Esto depende mucho del punto del camino en que estés, de cuándo y cuánto estés de disponible, de cuantas corazas te hayas quitado a estas alturas, de cuánto del niñ@ que fuiste hayas podido rescatar… Es el acceso y el control de tus emociones lo que te colocará en la categoría de PRO y te dará confianza cuando esperen ‘esto o aquello’ de ti.

El miedo a equivocarnos, el miedo a lo que pudiera ocurrir si lo hacemos. Voces que nos censuraron un día y que nos mostraron que había que pedir permiso, controlar y construir una coraza que nos protege de sentir por si acaso duele.

Cuando nos conectamos con el permitirnos, hay un protagonismo que surge. Hay un yo que se presenta como el actor de nuestra propia vida, un actor que se lanza a descubrir lo profundo de las entrañas.

Tanto miedo a la mirada y al juicio del otro… De ahí, ese miedo a soltar el control y fluir en el sentir.

Asociamos el sentir con el sufrir, nos protegemos perdiendo el cuerpo del sentir, del fluir. Desde un cuerpo que se tensiona ante la posibilidad de emocionarse, que contiene las lágrimas, que alza los hombros… no sale ARTE.

Hace un tiempo se descubrió que tenemos dos circuitos cuando hacemos cosas nuevas: uno que incorpora las nuevas habilidades y otro que procesa las equivocaciones. Curiosamente, este último circuito, el de los errores, es el que nos permite aprender más rápido. El circuito de las equivocaciones necesita acumular fallos para comenzar a actuar. Por ello, cuanto antes nos metamos en el error, antes aprendemos a hacer las cosas.

Me echaré piedras a mí misma pero leer al respecto o solo asistir a clase no te permite valorar si estás integrando los nuevos conceptos. Has de ponerte a prueba. Por esta razón, las clases de comunicación han de ser prácticas y tomadas como un laboratorio o una sala de ensayo o entrenamiento.

Pero primero, necesitamos ser sinceros con nosotros mismos con respecto al aprendizaje. ¿Realmente sabemos hacer aquello que nos preocupa? Decía Feynman, el premio Nobel de Física, que tendemos a engañarnos con mucha alegría. Pensamos que sabemos inglés cuando realmente lo chapurreamos o que podemos resolver una ecuación o hablar en público cuando realmente nos sentimos perdidos. Tenemos que aterrizar nuestra fantasía y reconocer nuestras áreas de mejora.

Además, hemos de ir rápido al error sin que la autoestima se vea afectada. Aprender es equivocarse, así de simple. Así que dejemos un poco tranquila la autoestima y no la vinculemos con acertar en el cien por cien de los casos porque es imposible. Por ello, si quieres hacer una presentación que te cuesta, prepárate, pero ponte rápido a experimentar, pide a tu familia, amigos, compañeros… que te escuchen, que te diga en qué puedes mejorar y deja que el circuito de tu cerebro que procesa los errores se vaya poniendo las pilas.

Todo el mundo que se coloca bajo la mirada del público debe de luchar contra los nervios. Grandes actores y actrices lo han admitido. Michael Jordan también admitió que experimentaba regularmente el nervio antes de un partido; políticos de gran relevancia nivel internacional con esa imagen de poder también dijeron que se arrugaban ante un gran discurso… El gran orador de la historia, Cicerón, temblaba cuando se colocaba ante el público.

Los nervios, el miedo es la forma que tiene el cuerpo de reconocer que está a punto de hacer algo importante y emocionante; es una pequeña inyección de adrenalina que te llevará a lo más alto. ¿El problema? La dosificación de esta adrenalina, si no se canaliza de forma apropiada es cuando viene esa sensación de ansiedad.

No se trata de no tener miedo, esto va de no dejar que nos afecte. Entre miedo y excitación no hay diferencia psicológica. Si pensamos que tenemos miedo, nos ponemos enfermos. Si pensamos que es excitación, nos invade la euforia.

¿Cómo lo combatimos?

  • Preparación. Sobre esto ya he hablado anteriormente. Escribe, estructura, estudia, subraya, practica, ensaya… así es cómo se lucha contra la inseguridad.
  • Aprender jugando es también una buena idea porque en el juego, el error no importa. Puedes echar un vistazo a este artículo http://nataliabravo.es/practica-el-playfulness/ porque el juego es algo que siempre introduzco en mis clases. Solo jugando podemos olvidarnos de las expectativas, nos perdonamos al equivocarnos, nos reímos de nosotros y de nuestros compañeros que también se equivocan. Al jugar, nos convertimos en niños y, a partir de aquí, podemos comenzar un buen entrenamiento en comunicación.
  • Un ejercicio de ejemplo: destruir el monólogo interno

La mayoría de los miedos son irracionales. Te propongo que escribas un monólogo en primera persona describiendo la peor situación que se te ocurra para hablar en público: ¿qué sería lo peor que te podría ocurrir? Escríbelo a modo de monólogo, desata tu imaginación, deja correr tus miedos.

Después de escribir, lee lo que has escrito, examínalo. Tacha aquello que hayas escrito y que sea imposible que ocurra.

Por ejemplo, que alguien del púbico empiece a reírse de ti. Te aseguro que este miedo es irracional, puede que responda a otros miedos tuyos pero que se rían de ti no es lo normal. También te aseguro que el miedo a que el público esté en nuestra contra es muy normal pero no tiene mucho fundamento. Piensa en las veces a las que tú has asistido a una charla, conferencia, presentación de proyectos ¿no sueles asistir? Te recomiendo que lo hagas porque así serás capaz de entender todos los puntos de vista y aprenderás mucho de los demás.

El público no asiste para juzgar, sino para aprender y escuchar qué tienes que ofrecer.

Quédate con los miedos racionales y dales soluciones racionales. El miedo a que te tiemblen las manos o que te dé un ataque de tos, es racional. Piensa cómo solucionarlo. Ten siempre a mano una botella de agua por si se te seca la garganta y te da tos. No cojas papeles en las manos, déjalos en el atril, la mesa, prepárate para no necesitar papeles…

Prepárate para hacerlo correctamente, trabaja el error… fluye y juega!

SHARE:
comunicación 0 Replies to “Benditos errores y equivocaciones”
Admin
Natalia Bravo

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *